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En ese complejo contexto, la ciudad de Amsterdam – consciente del problema de que hacer con todos esos solares y atendiendo a las pocas zonas de juegos de niños que quedaron en la ciudad-, promulgó una ley mediante la cual, cualquier ciudadano podía identificar un vacío en la ciudad y solicitar al Ayuntamiento que construyera en él una zona de juegos. Éste, valoraba la idoneidad de la propuesta cruzándolo con su plan general y, en caso favorable, ponía en marcha la construcción  del nuevo espacio urbano.

El arquitecto elegido para llevar a cabo esta tarea fue Aldo van Eyck, quien entre 1948 y 1978 recuperó más de 700 lugares residuales de la ciudad – desde el centro histórico hasta los monótonos suburbios -,  transformándolos en agradables zonas de juego para el uso y disfrute de los más pequeños y, en muchas ocasiones, también de sus mayores. La categorización de estos vacíos era diversa y flexible, abarcando desde solares entre medianeras, testeros descombrados o rotondas hasta esquinas sobredimensionadas en un cruce de calles. En definitiva, cualquier espacio de la trama urbana que se encontrara abandonado y sin uso.

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Las nuevas zonas de juego eran diseñados para la ciudad, pero también diseñaban la propia ciudad. Individualmente, emergiendo en los intersticios de la trama urbana, su presencia contribuía a mejorar un entorno próximo generalmente degradado –con el tiempo, son muchos los estudios que han demostrado que la presencia de los niños en un espacio público suele estar relacionada con la calidad y seguridad del mismo- .

Mientras, en conjunto, se trataba de una gran red formada por múltiples puntos intersticiales, diseñada con la intención de revitalizar y recompensar la totalidad de la capital. Van Eyck no estaba interesado en los grandes edificios o la ciudad centralizada y zonificada de sus colegas de los CIAM, sino que abogaba por otra forma de entender la ciudad y la arquitectura.

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Estas áreas se construyeron atendiendo a la economía de postguerra: con imaginación y materiales baratos – hormigón y metal, más tarde madera-, se diseñaron una serie de elementos estandarizados que se repetían en todos los parques infantiles. Sin embargo, esta “industrialización” no estaba reñida con que cada no de ellos se diseñara individualmente. Así, se conseguía la solución más adecuada para cada situación, atendiendo a las condiciones únicas de cada lugar (escala, orientación, densidad del entorno, posición en la trama urbana…).

Como denominador común, merece la pena señalar el sutil ejercicio que hay al diferenciar el lugar meramente público – de paso –, la zona de estar y la de juego -mucho más controlada-: cambios de pavimento, ligeros desniveles y pequeños muretes o los propios elementos de mobiliario urbano eran sus herramientas.  En todos ellos, destaca la atención que el arquitecto holandés mostraba por el comportamiento de los niños, intentando reflejar su espontaneidad en cada diseño.

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Con este plan, se consiguió el doble propósito de dar una segunda vida a muchos vacíos urbanos, a la par que se dotaba a los niños de un espacio adecuado dónde poder jugar – tan diferente, por cierto, a los actuales rediles dónde las autoridades piensan que Han de jugar hoy los niños en nuestras ciudades, aunque ese es otro tema…-.