En su estupendo libro Greats streets, Allan Jacobs analiza las ciudades a partir de la calidad – estética, cultural, funcional y social – de sus calles. Si nos atenemos al valor de las que han sido fruto del urbanismo de las últimas décadas, salvo excepciones, podríamos decir que éste ha derivado en un empobrecimiento de la calidad de vida de las ciudades y nuestro día a día.

La perdida de lo colectivo hacia lo individual ha implicado un desplazamiento de los espacios de relación de ámbitos públicos a privados. Esto, unido a la colonización de determinados elementos que han adquirido un papel extra-relevante – el automóvil – o a la ausencia del equipamiento adecuado, se traduce en la desaparición de las funciones tradicionales del espacio público.

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La calle, especialmente en áreas fragmentadas de baja densidad  – es decir, lo que suele denominarse sprawl – se ha visto relegada hasta convertirse en un lugar residual sin carácter ni identidad. En estas situaciones, reivindicar la idea de que el entorno urbano puede ser entendido como una prolongación del espacio privado, es algo fundamental para re-imaginar los espacios infrautilizados con el fin de beneficiar a las comunidades y mejorar su calidad de vida. Entender la calle casi como una prolongación del salón de la casa, estableciendo un vínculo entre la arquitectura doméstica y del espacio público, es una vía por explorar de la que la arquitectura, y la sociedad en general, podrían salir altamente beneficiada.

No se trata de hacer costosas intervenciones, si no de hacer las justas y necesarias, al igual que sucede en la imágen que acompaña estas líneas. La calle se entiende como un lugar de estar y no sólo de paso; se explotan los espacios intermedios entre lo público y lo privado, recuperando la idea del umbral de la casa como un ámbito espacial lleno de oportunidades. Como bien escribió un día Cerdá “en la ciudad, las calles no son únicamente carreteras”.